Blog · Sin categoría

No, no quiero estar ocupada todo el tiempo (aunque a veces lo esté)

Últimamente he estado en modo intensito. Trabajo, hijos, casa, proyectos, contenidos, pendientes y más trabajo. Me han dicho cosas como “¡Qué bárbara, cómo le haces para rendir tanto!” o “Seguro tú ya te acostumbraste a vivir así”. Y aunque agradezco que me lo digan con cariño, les voy a confesar algo: no es algo a lo que aspiro. Ni tantito.

Sí, mi rutina es pesada. Y sí, me levanto temprano y me duermo tarde. Pero no porque me guste sufrir ni porque crea en esa idea romántica de que entre más trabajo, más valgo. Lo hago porque mi esposo y yo estamos trabajando para lograr metas específicas, que en este momento requieren un esfuerzo extra. Es un sprint, no un maratón. Al menos, eso espero.

Hace poco vi una imagen que decía:

“Trabaja mientras otros duermen. Estudia mientras otros se divierten. Persiste mientras otros descansan… y luego no tendrás salud para hacer ni miér…”

Y me dio risa, pero también un poquito de tristeza, porque es verdad. Estamos tan acostumbradas a creer que estar cansadas es símbolo de éxito, que se nos olvida que también vinimos a disfrutar. A caminar sin culpa. A tomar una clase de pintura sin pensar en la comida. A viajar con la familia sin que el trabajo te respire en la nuca.

En terapia entendí algo importante: yo tenía un tema con el descanso. O mejor dicho, con el “no hacer nada”. En mi casa, cuando era niña, se veía mal descansar. Si eran las tres de la tarde de un lunes y por alguna razón tu cuerpo te pedía recostarte, lo hacías con miedo de que tu mamá entrara y te viera acostada. Y si escuchabas que venía, te parabas de golpe y fingías que estabas “haciendo algo”, porque quedarse quieta no era una opción.

Descansar era casi un acto de rebeldía, porque la idea era que solo quien está ocupada merece aprobación. Pero esa idea no nació en mí, la aprendí. Y quizás mi mamá también la arrastraba de su propia historia, sin darse cuenta.

Hoy hago un esfuerzo consciente por normalizar esos espacios de descanso. Por entender que sí estoy haciendo algo importante cuando descanso: estoy cuidando mi cuerpo, mi mente, mi energía. Estoy previniendo el colapso.

El trabajo dignifica, claro que sí. Y más si haces algo que te gusta. Pero eso no significa que tengamos que vivir al borde del colapso para sentirnos valiosas. La pausa también tiene su lugar. El descanso también es un logro.

Hoy por hoy, mi rutina es intensa. Pero no es para siempre. Sueño con ese día en que pueda levantarme sin prisa, cocinar por gusto y no por contenido, y tener tiempo de calidad sin estar haciendo malabares con el reloj. No quiero que el trabajo me absorba tanto que me olvide de vivir.

Así que si tú también estás en una etapa intensa, te abrazo. Pero si crees que ese ritmo es lo “normal” o lo que deberías aguantar siempre, replanteátelo. Tu salud, tu paz mental, tu disfrute diario valen tanto como tus pendientes.

Y por cierto, si hoy no hiciste todo lo que “tenías que hacer”, pero dormiste rico, te reíste con tus hijos o tomaste un café en silencio, igual fue un día productivo. Aunque no lo puedas medir en pendientes tachados.

Así que si estás en una temporada exigente, respira. Recuerda que no viniste a esta vida a ganarte el descanso, sino a vivirla también. El descanso no se justifica: se necesita. Y no, no eres floja por hacer una pausa. Eres sabia.

Con cariño,

Alejandra de Nava

Porque a veces, parar también es avanzar.