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Incertidumbre: el deporte extremo que nadie nos dijo que íbamos a practicar

Si hay algo que viene incluido en el paquete de ser mujer, mamá, ama de casa y/o emprendedora, es la incertidumbre. No importa cuánto planeemos, siempre hay algo que nos toma por sorpresa: el niño que amanece con fiebre justo cuando tenías una entrega importante, la lavadora que decide morir el día que lavaste todas las sábanas, o ese mes en el que vendiste menos de lo que esperabas y empiezas a cuestionarte si tu negocio realmente va a despegar o si fue solo un arrebato de optimismo (cortesía de tu crisis existencial número 3 del mes).

La incertidumbre es esa amiga tóxica que se sienta a nuestro lado y nos susurra: ¿y si todo sale mal? Como si no tuviéramos ya suficientes cosas en la cabeza. Pero, aunque a veces nos haga sentir como si estuviéramos en un juego de Jenga donde cada decisión podría derribar todo, la verdad es que podemos aprender a lidiar con ella sin perder la cordura (o al menos no del todo).

1. Aceptar que el control es una ilusión (y soltarlo un poquito)

Nos vendieron la idea de que si planeamos lo suficiente, todo saldrá bien. Spoiler: eso es mentira. Podemos hacer listas, horarios y presupuestos, pero siempre habrá imprevistos. Aceptar que no todo depende de nosotras es liberador (aunque duela un poquito al principio). No se trata de no hacer planes, sino de ser flexibles cuando las cosas no salen como esperábamos.

2. Miedo a emprender: ¿y si mejor me quedo como estoy?

El miedo al fracaso es real. Nos aterra invertir tiempo, dinero y energía en algo que no sabemos si funcionará. Pero, ¿sabes qué es peor que fracasar? No intentarlo y quedarte con la duda eterna de qué habría pasado si hubieras tenido tantito más valor. Así que sí, puede que tu primer intento no sea un éxito rotundo, pero de cada tropiezo se aprende. Y si todo falla, mínimo tendrás anécdotas para contar (y un máster en resolución de problemas).

3. Cuando la incertidumbre se disfraza de maternidad

Ser mamá es básicamente un curso avanzado de manejo de crisis. Nunca sabes cuándo te va a tocar un brote de varicela, una rabieta en medio del súper o una llamada de la escuela diciendo que hubo un pequeño accidente en el recreo (y tú ya estás imaginando una escena de hospital cuando en realidad solo se raspó la rodilla). Aprender a respirar hondo y confiar en que estás haciendo lo mejor que puedes es clave.

4. Las finanzas y el “¿y si no me alcanza?”

Si eres de las que hacen malabares con el presupuesto del hogar, seguro conoces la incertidumbre financiera. Un mes te sientes una Kardashian y al siguiente te preguntas si vender tu alma en Amazon es opción. Aquí el truco es tener un colchón financiero, aunque sea pequeño, para esos imprevistos. Y, sobre todo, no caer en la trampa de los “gastos pendejos” (sí, ese jarrón en oferta no era una inversión, amiga).

5. Confianza en ti misma: tu mejor arma contra la incertidumbre

Al final del día, la incertidumbre no se va a ir, pero podemos aprender a convivir con ella sin que nos paralice. Confía en que tienes la capacidad de salir adelante, de resolver problemas y de adaptarte. Porque si algo nos ha enseñado la vida es que, aunque todo parezca desmoronarse, siempre encontramos la forma de levantarlo de nuevo (y si no, al menos sabemos fingir que todo está bajo control mientras tomamos café y respiramos profundo).

Así que la próxima vez que la incertidumbre te ataque con sus ¿y si…?, respóndele con un “¿y si todo sale bien?”. Porque, al final, la única forma de saberlo es seguir avanzando.

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Recetas copiadas: ¿inspiración, coincidencia o copy-paste con descaro?

En días recientes, la comunidad de cocina en redes estuvo en fuego alto por un chisme internacional que, más allá del morbo, nos deja mucho para reflexionar. Una repostera americana publicó un recetario digital que se volvió viral… y millonario. Tan millonario que se estima vendió cerca de 4 millones de dólares (sí, con seis ceros).

Hasta ahí todo bien. El problema fue cuando una creadora australiana levantó la mano y dijo: Oigan, esas recetas son mías. Literalmente mías. Copiadas palabra por palabra. No adaptadas, no inspiradas, no reinterpretadas. Tal cual. Copy, paste y a vender.

Ahora bien, técnicamente las recetas no se pueden registrar con derechos de autor (a menos que hablemos de la redacción o el formato del libro). Pero aquí el asunto no es legal. Es ético. Porque una cosa es que varias personas tengamos versiones parecidas de una receta de brownies —porque seamos realistas, los ingredientes no son secretos militares—, y otra muy distinta es que alguien tome tu receta, tu redacción, tus instrucciones paso a paso… y lo publique como si lo hubiera creado desde cero, con cara de chef iluminada por la inspiración divina.

Y aquí va mi postura (por si quedaba duda):

Sí, las recetas se pueden compartir. Si la receta está copiada íntegramente asegúrate de dar los créditos, pero si se trata de un recetario con el que generarás alguna ganancia, procura darle tu toque, adaptación y estilo, por ética, no por temas legales en los que te puedas meter, escudarse en eso es un argumento pobre.

Ahora bien, también quiero decir algo que para mí es importante, porque sería muy fácil subirme a este tren de indignación y hacer como que yo siempre lo he hecho perfecto. Y no.

Yo también cometí ese error.

Cuando empecé a crear contenido, muchas veces subía recetas que venían de libros, de otras creadoras, de blogs o de mi mamá… y no me tomaba el tiempo de dar crédito. No lo hacía con mala intención, pero tampoco con la conciencia que tengo ahora. En ese momento, no veía el trabajo detrás. No entendía el valor que tiene una explicación bien pensada, una foto paso a paso, un texto claro. Lo aprendí con los años, cuando vi el esfuerzo que implica crear contenido propio y original. Y cuando me di cuenta de lo feo que se siente que alguien lo copie sin mencionar ni una palabra.

Así que esta conversación también es una invitación a revisar nuestros propios hábitos como creadoras y como audiencia:

¿Hasta dónde es válido inspirarse en otras recetas?

¿Hay dueños de las recetas?

¿Deberíamos dar crédito cuando tomamos ideas de alguien más?

¿O vivimos en la era de “todo es de todos porque es internet”?

Yo, personalmente, creo en compartir, en inspirarnos unas a otras, en dar ideas, en mostrar nuestro sazón. Pero también creo en el respeto al trabajo ajeno. En el “oye, esta receta me inspiró fulanita”, o “vi algo parecido en tal blog y lo adapté a mi estilo”.

Y porque en esta era de cancelaciones, un copy-paste malintencionado puede costarte mucho más que una receta robada: puede costarte tu reputación.

¿Y tú qué opinas?

¿Te parece que las recetas deben compartirse libremente?

¿Crees que hay que dar créditos o eso es exagerar?

¿Tú qué harías si ves que alguien copió tu trabajo sin mencionarte?

Cuéntamelo aquí o en redes. Me interesa saber tu postura, y también saber que no soy la única que ha aprendido (a veces por las malas) el valor de hacer las cosas con ética.

Firmado:

Alejandra, la señora que alguna vez copió sin saber… pero que ahora cuida el crédito como si fuera manteca buena: con respeto y sin desperdiciar.