Hay una pregunta que sale mucho en entrevistas, en juegos o en esas pláticas profundas cuando ya es tarde y todos andan sensibles:
“Si pudieras regresar en el tiempo, ¿cambiarías algo?”
Y siempre hay alguien que responde con mucha seguridad:
—No cambiaría nada. Todo lo que viví me hizo quien soy.
Yo no.
Yo sí cambiaría cosas.

No porque odie mi vida ni porque quiera borrarla, sino porque hay momentos que, cuando los recuerdo con calma, no me hacen sentir orgullosa.
Cambiaría palabras que dije enojada y que seguramente se quedaron mucho más tiempo del que yo estuve molesta.
Cambiaría ocasiones en las que lastimé a personas que me querían, a veces sin querer… y otras veces sí queriendo, porque también he tenido arrebatos feos.
Cambiaría los abrazos que no di por pena, por prisa o por creer que “luego”.
Cambiaría todas las veces que sentí cariño y no lo dije, como si la gente tuviera poderes para adivinarlo.
También cambiaría versiones mías que hoy me dan un poco de vergüenza.
La que contestaba golpeado.
La que se cerraba.
La que prefería tener razón a tener paz.
No puedo hacer nada con eso, lo sé.
Pero tampoco siento la necesidad de decir que “todo fue perfecto porque me trajo hasta aquí”.
No, no todo fue perfecto.
Hubo cosas que pude haber hecho mejor si hubiera tenido la cabeza, la paciencia o la madurez que tengo hoy.
Creo que el tiempo no solo nos da experiencia.
También nos da perspectiva.
Y a veces esa perspectiva viene acompañada de un pequeño dolorcito… ese que aparece cuando recuerdas algo y piensas: “Ay, ojalá no hubiera hecho eso.”
No es para castigarse toda la vida.
Es más bien una señal de que ya no eres la misma persona.
Porque si hoy miro hacia atrás y me incomodan ciertas cosas, significa que algo en mí sí cambió.
Que ahora entiendo mejor lo que antes no entendía.
Que ahora veo a las personas con más suavidad que antes.
Y aunque no puedo regresar a arreglar nada, sí puedo hacer algo con la versión que soy hoy.
No es que ahora abrace todo el tiempo ni que diga “te quiero” a cada rato.
La verdad es que todavía me cuesta muchísimo.
Si no creciste con ese tipo de cariño, un abrazo puede sentirse raro, incómodo, hasta torpe.
Como si estuvieras haciendo algo que no sabes bien cómo se hace.
Pero lo intento.
A veces sale natural, a veces forzado, a veces tarde… pero sale.
Porque aprendí —un poco a golpes— que las cosas que no se dicen o no se dan también pesan.
Y a veces pesan más con los años.
No porque esté pagando una deuda con el pasado…
sino porque ahora sé lo que vale.
Así que no, yo no diría que no cambiaría nada.
Sí cambiaría muchas cosas.
Pero como no se puede, prefiero usar esa conciencia para intentar hacerlo distinto hoy.
Aunque sea despacio.
Aunque no siempre me salga bien.






































































