Sin categoría

“Si pudieras regresar en el tiempo, ¿cambiarías algo?”

Hay una pregunta que sale mucho en entrevistas, en juegos o en esas pláticas profundas cuando ya es tarde y todos andan sensibles:

“Si pudieras regresar en el tiempo, ¿cambiarías algo?”

Y siempre hay alguien que responde con mucha seguridad:

—No cambiaría nada. Todo lo que viví me hizo quien soy.

Yo no.

Yo sí cambiaría cosas.

No porque odie mi vida ni porque quiera borrarla, sino porque hay momentos que, cuando los recuerdo con calma, no me hacen sentir orgullosa.

Cambiaría palabras que dije enojada y que seguramente se quedaron mucho más tiempo del que yo estuve molesta.

Cambiaría ocasiones en las que lastimé a personas que me querían, a veces sin querer… y otras veces sí queriendo, porque también he tenido arrebatos feos.

Cambiaría los abrazos que no di por pena, por prisa o por creer que “luego”.

Cambiaría todas las veces que sentí cariño y no lo dije, como si la gente tuviera poderes para adivinarlo.

También cambiaría versiones mías que hoy me dan un poco de vergüenza.

La que contestaba golpeado.

La que se cerraba.

La que prefería tener razón a tener paz.

No puedo hacer nada con eso, lo sé.

Pero tampoco siento la necesidad de decir que “todo fue perfecto porque me trajo hasta aquí”.

No, no todo fue perfecto.

Hubo cosas que pude haber hecho mejor si hubiera tenido la cabeza, la paciencia o la madurez que tengo hoy.

Creo que el tiempo no solo nos da experiencia.

También nos da perspectiva.

Y a veces esa perspectiva viene acompañada de un pequeño dolorcito… ese que aparece cuando recuerdas algo y piensas: “Ay, ojalá no hubiera hecho eso.”

No es para castigarse toda la vida.

Es más bien una señal de que ya no eres la misma persona.

Porque si hoy miro hacia atrás y me incomodan ciertas cosas, significa que algo en mí sí cambió.

Que ahora entiendo mejor lo que antes no entendía.

Que ahora veo a las personas con más suavidad que antes.

Y aunque no puedo regresar a arreglar nada, sí puedo hacer algo con la versión que soy hoy.

No es que ahora abrace todo el tiempo ni que diga “te quiero” a cada rato.

La verdad es que todavía me cuesta muchísimo.

Si no creciste con ese tipo de cariño, un abrazo puede sentirse raro, incómodo, hasta torpe.

Como si estuvieras haciendo algo que no sabes bien cómo se hace.

Pero lo intento.

A veces sale natural, a veces forzado, a veces tarde… pero sale.

Porque aprendí —un poco a golpes— que las cosas que no se dicen o no se dan también pesan.

Y a veces pesan más con los años.

No porque esté pagando una deuda con el pasado…

sino porque ahora sé lo que vale.

Así que no, yo no diría que no cambiaría nada.

Sí cambiaría muchas cosas.

Pero como no se puede, prefiero usar esa conciencia para intentar hacerlo distinto hoy.

Aunque sea despacio.

Aunque no siempre me salga bien.

Sin categoría

Me dijeron que estaba caro… y aun así se vendió todo

Hace poco publiqué en el grupo de mi colonia un cheesecake de pistache que preparé. Quizá algunas también lo ubiquen porque hace nada lo subí a mis redes y la receta está disponible de manera gratuita para quien la quiera hacer en casa.

Si se ponen a leer los comentarios del video, van a notar algo curioso: muchas opiniones no hablaban de si estaba rico o fácil de hacer… hablaban del costo.

Que estaba caro.

Que era un postre “de lujo”.

Que si lo preparaban así, seguramente no se les iba a vender.

Nada de eso me sorprendió demasiado. Lo que sí me llamó la atención es que, cuando lo ofrecí en mi colonia, se vendió rápido. Muy rápido.

Y eso me hizo pensar en algo que quiero platicarte a ti, señora, que estás considerando emprender con comida o que ya empezaste y sientes que tienes que vender barato para que “salga”.

“Caro” no significa lo mismo para todas

Cuando alguien dice que algo está caro, casi siempre está hablando desde su realidad: su presupuesto, sus costumbres, lo que suele comprar.

No necesariamente está diciendo que el producto esté mal hecho o que no valga lo que cuesta.

Simplemente significa que, para esa persona, no entra en sus prioridades.

Y aquí viene algo importante que muchas olvidamos cuando empezamos a vender:

no todas las personas son tu cliente.

Hay quien busca lo más económico posible, y hay quien prefiere pagar más por algo especial, bien hecho o diferente.

Las dos cosas existen. El problema aparece cuando queremos venderle a todas.

Por qué sí se vendió

En mi caso, no fue solo el pistache ni que “se veía bonito”.

Influyó que:

La gente ya me conoce Saben cómo trabajo Confían en la calidad de lo que hago No hago producciones masivas Era un sabor poco común Sabían que no lo iba a repetir

Había un factor clave: si lo querían, tenía que ser en ese momento.

No era algo que fuera a estar disponible siempre ni que pudieran comprar cualquier otro día.

El miedo a que “no se va a vender”

Muchas de las preocupaciones que leí en los comentarios no eran realmente sobre el precio… eran sobre el miedo.

Miedo a invertir en ingredientes caros.

Miedo a que nadie lo compre.

Miedo a quedarse con el producto.

Miedo a perder dinero.

Y ese miedo es completamente entendible, sobre todo cuando se emprende desde casa y cada peso cuenta.

Pero tomar decisiones solo desde el miedo suele llevarnos a lo más seguro… y lo más seguro no siempre es lo más rentable.

El error de empezar demasiado barato

Muchas señoras que quieren emprender empiezan así:

“Voy a vender barato para que sí salga.”

El problema es que ese camino suele ser muy pesado.

Porque cuando vendes demasiado barato:

Ganas muy poco por pieza Necesitas vender muchísimo para ver dinero Te cansas el doble Atraes clientes que siempre comparan precios Después es muy difícil subirlos Terminas sintiendo que trabajas todo el día y no avanza

No porque cocines mal, sino porque el margen no alcanza.

Lo diferente también tiene su lugar

Hoy en día hay negocios de repostería que se han vuelto muy populares justamente por ofrecer sabores poco comunes o propuestas distintas a lo tradicional.

No es casualidad.

Muchas personas no solo compran algo dulce para quitarse el antojo. Compran algo especial, algo diferente, algo que no encuentran en cualquier panadería.

Cuando todo el mundo vende lo mismo, lo distinto resalta.

Eso no significa que lo tradicional no funcione. Claro que funciona.

Pero no es la única opción.

Lo que casi nadie te dice cuando empiezas

No existe una sola manera correcta de emprender.

Ni empezar con lo más barato garantiza ventas.

Ni usar ingredientes de buena calidad significa que nadie te va a comprar.

Lo que sí hace diferencia es:

Tener claro a quién quieres venderle Cuidar la calidad Ofrecer algo que te distinga No intentar agradar a todo el mundo Valorar tu tiempo y tu trabajo

Porque si no, puedes terminar haciendo muchísimo… para ganar muy poco.

Si estás pensando en emprender desde casa

Muchas veces el miedo nos empuja a elegir lo “seguro”: barato, sencillo, igual a lo que venden todas, con ingredientes lo más económicos posible.

Pero lo seguro no siempre es lo más sostenible ni lo que realmente deja ganancias.

También existe el camino de hacer algo con calidad, con personalidad y venderlo a las personas que sí lo valoran.

No necesitas que te compren todas.

Solo necesitas que te compren las correctas.

Para terminar

Que alguien diga “está caro” no significa que tu producto no sirva.

Significa que no es para esa persona… o que no es para su momento actual.

Y está bien.

Emprender no se trata de convencer a todo el mundo, sino de encontrar a quienes sí conectan con lo que haces.

Si estás empezando, escucha las opiniones, sí… pero observa con más atención quién sí compra, quién regresa y quién recomienda.

Ahí es donde realmente está la respuesta

Sin categoría

Cómo lidiar con los comentarios de la “mamá perfecta”

Hay un fenómeno universal en la maternidad: siempre habrá alguien que “sabe más que tú”. Esa señora —vecina, comadre, tía, amiga o desconocida en redes sociales— que lleva la medalla de mamá perfecta bien colgada en el pecho (autoimpuesta, claro) y está dispuesta a recordarte en cada oportunidad que lo tuyo nunca es suficiente.

Y lo peor es que no hay manual. No importa si diste pecho, si diste fórmula, si cocinas todo orgánico o si sirves nuggets de la bolsa… siempre habrá un comentario. Siempre.

🚫 El mito de la mamá perfecta

Spoiler: no existe. La “mamá perfecta” es un invento colectivo que se alimenta de comparaciones, culpas y juicios.

Y ojo: no siempre lo hacen con mala intención. De hecho, muchas veces nosotras mismas hemos estado ahí. A veces se nos hace fácil presumir un logro de nuestros hijos o de nuestra organización como mamás, sin pensar que esa otra mujer frente a nosotras quizá está librando una batalla interna. No siempre se trata de herir, sino de una manera inconsciente de buscar validación o de compartir nuestra experiencia.

¿Eso justifica que incomoden? No. ¿Lo explica? Sí. Y entenderlo es el primer paso para no engancharte.

🤯 Mi experiencia (porque yo también he estado ahí)

No te voy a mentir: yo también he sentido ese coraje cuando alguien opina de mi maternidad, de mi casa o de mis decisiones. Antes me lo guardaba y me hacía un nudo en el estómago. Hoy, gracias a muchas horas de terapia (y a meter la pata las suficientes veces), entendí que mi paz mental vale más que un debate con la vecina o la tía.

Y también reconozco que yo misma he sido esa mamá que, sin querer, pudo hacer sentir mal a otra con un comentario que yo veía inocente. Esa conciencia me ha enseñado a elegir mejor mis palabras y a empatizar más.

💡 Estrategias para lidiar con la mamá perfecta

Aquí te van tips prácticos, probados en el campo de batalla de las sobremesas familiares y los comentarios en redes sociales:

El arte del “ajá” Una sonrisa, un “ajá” y cambiar de tema. No todo merece tu energía. El escudo del sarcasmo Comentario: “Yo jamás le daría eso a mis hijos.” Respuesta: “¡Qué suerte tienen tus hijos de haberte tocado a ti como mamá! Los míos no corrieron con la misma fortuna.” Humor + ironía = conversación terminada. Pon límites con cariño Si es alguien cercano y constante, vale la pena decir: “Aprecio tu intención, pero prefiero hacer las cosas a mi manera.” Cortés, pero firme. Recuerda: no es personal Muchas veces esas mujeres están peleando con sus propios fantasmas. Y otras veces simplemente no miden el efecto de sus palabras. Construye tu red real Acércate a mujeres que te nutran, que te inspiren y que te recuerden que no estás sola. Esa comunidad vale oro.

✨ Quédate con esto

Ser mamá no es un concurso. No hay jueces, no hay medallas, no hay eliminatorias. Lo único real es el amor y el esfuerzo que pones cada día en tu familia.

Y si alguna vez tú misma caes en el papel de “mamá perfecta”, respira, reconoce y recuerda: también estamos aprendiendo a ser mejores con nosotras mismas y con las demás.

Blog · Sin categoría

Descubrir tus superpoderes (aunque la vida te tenga contra las cuerdas)

A veces me escriben mujeres que están pasando por momentos bien difíciles: la economía apretada, el corazón apachurrado, la mente hecha bolas. Y entre sus mensajes, hay algo que se repite:

“Ale, es que tú sí sabes hacer las cosas. A mí no me sale nada.”

Y yo pienso: ¿Cómo que no sabes hacer nada? ¿De verdad crees que solo cuentan los talentos con diploma o con millones de seguidores? No, mi reina. Aquí vamos a hablar de superpoderes, y sí: tú tienes más de uno.

🔥 Spoiler: no todos los superpoderes se ven en Instagram

No necesitas hacer pasteles de cinco pisos o tener el refri acomodado por colores para ser una mujer valiosa. ¿Sabes qué también es un superpoder?

Levantarte todos los días aunque sientas que el mundo pesa una tonelada. Saber hacer rendir el súper de la semana como si fueras economista profesional. Escuchar sin juzgar, incluso cuando tú también estás rota. Tener la paciencia de esperar a que tu hija adolescente te hable… algún día. Ser la que junta las piezas cuando todos en casa están en crisis. Hacer que un cumpleaños con $200 pesos parezca una fiesta de Pinterest. Armar un desayuno con “puro poquito” y que encima sepan pedirte la receta. Saber cuándo callarte y cuándo levantar la voz. Tener el don de abrazar con la mirada. Y sí, también se vale que tu superpoder sea hacer los mejores roles de canela del mundo.

💪 Los superpoderes no siempre hacen ruido

Mira, te voy a decir algo con cariño, pero sin anestesia:

Ya estuvo bueno de pensar que todas las demás tienen su vida resuelta menos tú.

A veces solo estamos viendo el highlight de alguien más mientras nosotras estamos en el detrás de cámaras, con la cara lavada y la olla a presión silbando de fondo.

Pero eso no significa que no seas capaz. Significa que estás tan ocupada haciendo magia todos los días que ni cuenta te has dado.

🌱 ¿Y si no sé cuál es mi superpoder?

Tranquila. No todos brillan igual.

El mío, por ejemplo, es resolver. Me dan un problema y ya estoy pensando en cómo darle la vuelta. También sé liderar, organizar, llevar la batuta… aunque a veces no quiera.

Pero también hay superpoderes silenciosos, modestos, esos que no hacen escándalo pero sin los que el mundo se caería:

Ser constante cuando todo el mundo abandona. Tener una fe que sostiene. Saber cuándo descansar sin sentir culpa. Sostener una familia, una rutina, un negocio, una misma.

✨ No se trata de ser la mujer maravilla

Se trata de reconocer lo que ya eres.

Y si estás pasando por una etapa difícil, si la mente no te da, si el alma está cansada… eso también es parte del proceso. El dolor no te hace menos capaz. Solo te está pidiendo que te escuches.

Así que hoy, nada más por hoy, te invito a hacer una pausa y pensar:

¿Cuál es ese superpoder que me acompaña cada día, aunque nadie lo aplauda?

Y si no lo sabes todavía, aquí estaré para ayudarte a descubrirlo.

Pero eso sí: no me digas que no tienes ninguno, porque ahí sí voy y te jalo las orejas.

Con cariño (y algo de sarcasmo),

– Alejandra de Nava 🧡

Blog · Sin categoría

Incertidumbre: el deporte extremo que nadie nos dijo que íbamos a practicar

Si hay algo que viene incluido en el paquete de ser mujer, mamá, ama de casa y/o emprendedora, es la incertidumbre. No importa cuánto planeemos, siempre hay algo que nos toma por sorpresa: el niño que amanece con fiebre justo cuando tenías una entrega importante, la lavadora que decide morir el día que lavaste todas las sábanas, o ese mes en el que vendiste menos de lo que esperabas y empiezas a cuestionarte si tu negocio realmente va a despegar o si fue solo un arrebato de optimismo (cortesía de tu crisis existencial número 3 del mes).

La incertidumbre es esa amiga tóxica que se sienta a nuestro lado y nos susurra: ¿y si todo sale mal? Como si no tuviéramos ya suficientes cosas en la cabeza. Pero, aunque a veces nos haga sentir como si estuviéramos en un juego de Jenga donde cada decisión podría derribar todo, la verdad es que podemos aprender a lidiar con ella sin perder la cordura (o al menos no del todo).

1. Aceptar que el control es una ilusión (y soltarlo un poquito)

Nos vendieron la idea de que si planeamos lo suficiente, todo saldrá bien. Spoiler: eso es mentira. Podemos hacer listas, horarios y presupuestos, pero siempre habrá imprevistos. Aceptar que no todo depende de nosotras es liberador (aunque duela un poquito al principio). No se trata de no hacer planes, sino de ser flexibles cuando las cosas no salen como esperábamos.

2. Miedo a emprender: ¿y si mejor me quedo como estoy?

El miedo al fracaso es real. Nos aterra invertir tiempo, dinero y energía en algo que no sabemos si funcionará. Pero, ¿sabes qué es peor que fracasar? No intentarlo y quedarte con la duda eterna de qué habría pasado si hubieras tenido tantito más valor. Así que sí, puede que tu primer intento no sea un éxito rotundo, pero de cada tropiezo se aprende. Y si todo falla, mínimo tendrás anécdotas para contar (y un máster en resolución de problemas).

3. Cuando la incertidumbre se disfraza de maternidad

Ser mamá es básicamente un curso avanzado de manejo de crisis. Nunca sabes cuándo te va a tocar un brote de varicela, una rabieta en medio del súper o una llamada de la escuela diciendo que hubo un pequeño accidente en el recreo (y tú ya estás imaginando una escena de hospital cuando en realidad solo se raspó la rodilla). Aprender a respirar hondo y confiar en que estás haciendo lo mejor que puedes es clave.

4. Las finanzas y el “¿y si no me alcanza?”

Si eres de las que hacen malabares con el presupuesto del hogar, seguro conoces la incertidumbre financiera. Un mes te sientes una Kardashian y al siguiente te preguntas si vender tu alma en Amazon es opción. Aquí el truco es tener un colchón financiero, aunque sea pequeño, para esos imprevistos. Y, sobre todo, no caer en la trampa de los “gastos pendejos” (sí, ese jarrón en oferta no era una inversión, amiga).

5. Confianza en ti misma: tu mejor arma contra la incertidumbre

Al final del día, la incertidumbre no se va a ir, pero podemos aprender a convivir con ella sin que nos paralice. Confía en que tienes la capacidad de salir adelante, de resolver problemas y de adaptarte. Porque si algo nos ha enseñado la vida es que, aunque todo parezca desmoronarse, siempre encontramos la forma de levantarlo de nuevo (y si no, al menos sabemos fingir que todo está bajo control mientras tomamos café y respiramos profundo).

Así que la próxima vez que la incertidumbre te ataque con sus ¿y si…?, respóndele con un “¿y si todo sale bien?”. Porque, al final, la única forma de saberlo es seguir avanzando.

Blog · Sin categoría

No, no quiero estar ocupada todo el tiempo (aunque a veces lo esté)

Últimamente he estado en modo intensito. Trabajo, hijos, casa, proyectos, contenidos, pendientes y más trabajo. Me han dicho cosas como “¡Qué bárbara, cómo le haces para rendir tanto!” o “Seguro tú ya te acostumbraste a vivir así”. Y aunque agradezco que me lo digan con cariño, les voy a confesar algo: no es algo a lo que aspiro. Ni tantito.

Sí, mi rutina es pesada. Y sí, me levanto temprano y me duermo tarde. Pero no porque me guste sufrir ni porque crea en esa idea romántica de que entre más trabajo, más valgo. Lo hago porque mi esposo y yo estamos trabajando para lograr metas específicas, que en este momento requieren un esfuerzo extra. Es un sprint, no un maratón. Al menos, eso espero.

Hace poco vi una imagen que decía:

“Trabaja mientras otros duermen. Estudia mientras otros se divierten. Persiste mientras otros descansan… y luego no tendrás salud para hacer ni miér…”

Y me dio risa, pero también un poquito de tristeza, porque es verdad. Estamos tan acostumbradas a creer que estar cansadas es símbolo de éxito, que se nos olvida que también vinimos a disfrutar. A caminar sin culpa. A tomar una clase de pintura sin pensar en la comida. A viajar con la familia sin que el trabajo te respire en la nuca.

En terapia entendí algo importante: yo tenía un tema con el descanso. O mejor dicho, con el “no hacer nada”. En mi casa, cuando era niña, se veía mal descansar. Si eran las tres de la tarde de un lunes y por alguna razón tu cuerpo te pedía recostarte, lo hacías con miedo de que tu mamá entrara y te viera acostada. Y si escuchabas que venía, te parabas de golpe y fingías que estabas “haciendo algo”, porque quedarse quieta no era una opción.

Descansar era casi un acto de rebeldía, porque la idea era que solo quien está ocupada merece aprobación. Pero esa idea no nació en mí, la aprendí. Y quizás mi mamá también la arrastraba de su propia historia, sin darse cuenta.

Hoy hago un esfuerzo consciente por normalizar esos espacios de descanso. Por entender que sí estoy haciendo algo importante cuando descanso: estoy cuidando mi cuerpo, mi mente, mi energía. Estoy previniendo el colapso.

El trabajo dignifica, claro que sí. Y más si haces algo que te gusta. Pero eso no significa que tengamos que vivir al borde del colapso para sentirnos valiosas. La pausa también tiene su lugar. El descanso también es un logro.

Hoy por hoy, mi rutina es intensa. Pero no es para siempre. Sueño con ese día en que pueda levantarme sin prisa, cocinar por gusto y no por contenido, y tener tiempo de calidad sin estar haciendo malabares con el reloj. No quiero que el trabajo me absorba tanto que me olvide de vivir.

Así que si tú también estás en una etapa intensa, te abrazo. Pero si crees que ese ritmo es lo “normal” o lo que deberías aguantar siempre, replanteátelo. Tu salud, tu paz mental, tu disfrute diario valen tanto como tus pendientes.

Y por cierto, si hoy no hiciste todo lo que “tenías que hacer”, pero dormiste rico, te reíste con tus hijos o tomaste un café en silencio, igual fue un día productivo. Aunque no lo puedas medir en pendientes tachados.

Así que si estás en una temporada exigente, respira. Recuerda que no viniste a esta vida a ganarte el descanso, sino a vivirla también. El descanso no se justifica: se necesita. Y no, no eres floja por hacer una pausa. Eres sabia.

Con cariño,

Alejandra de Nava

Porque a veces, parar también es avanzar.

Sin categoría

El “Cómo sí”: 10 formas reales de vender postres desde casa (aunque tengas hijos, calor y cero ganas de salir)

Todas hemos estado ahí: con ganas de empezar a vender algo para ganar un dinerito extra (o un dinerote), pero la mente nos suelta su repertorio completo de ”¿y si no se vende?”, “¿y si me piden lejos?”, “¿y si hace calor y se me derrite el chocolate?” o el clásico ”¿y si los niños no me dejan?”.

Spoiler: si dejamos que ese “y si…” mande, nunca haremos nada.

Aquí no venimos a alimentar los pretextos, sino a decirte cómo sí puedes emprender desde tu cocina, aunque tengas poco tiempo, energía a medias y cero presupuesto para publicidad. Aquí van 10 formas realistas, probadas por esta señora que escribe (hola), para que dejes de pensarlo y lo hagas.

1. Entrega a domicilio: sí, incluso con calor

¿Ideal? Que todos vinieran a tu casa. ¿Realidad? La venta se cierra cuando tú se lo llevas. Pero ve el lado positivo: si estabas pensando en hacer ejercicio, la caminata te cuenta, y si hace calor, ponte una gorra, lleva agua o saca el paraguas. ¿Cansado? Claro. Pero menos cansado que seguir sin vender nada. Encuentra el “cómo sí”. Hazlo.

2. Publica en los grupos de Facebook de tu colonia (y sé constante)

Facebook no es magia… es constancia. Publica 3 o 4 veces al día en horarios estratégicos. Si vendes desayunos, madruga. Si vendes postrecitos, la tarde es tu mejor amiga. Recuerda que en Facebook los posts se van para abajo, así que si no te ven hoy, tal vez te vean a la próxima… pero tienen que verte seguido.

3. Acepta múltiples formas de pago (y no te quejes)

Eres la responsable de que se concrete la venta, así que no hay lugar para “no tengo cambio” o “me pagó con un billete de $500 y yo no tengo suelto”. ¿Y qué si lo hizo para cambiarlo? ¡Tú ya vendiste! Mientras entre el dinero, lo demás es logística. Ten opciones: efectivo, transferencia, CoDi, banco A y banco B si se puede.

4. Pregunta con qué billete te van a pagar

Punto práctico: evita dramas y lleva el cambio justo. Pregunta antes, ahorras tiempo, evitas enojos, y quedas como una profesional. Nadie quiere salir con postres y regresarse con deuda.

5. Usa WhatsApp como herramienta de marketing

Guarda el contacto de cada cliente y diles que verán tus productos en tus estados de WhatsApp. Es como tener un aparador, pero en su bolsillo. Si les gustó tu gelatina o tu flan, van a estar esperando el siguiente estado.

6. Crea un mensaje listo… ¡o una imagen en Canva!

Ten un mensajito bien armado con tus datos de pago, dirección, horarios y preguntas frecuentes. Y si quieres lucirte más, haz una imagen bonita y clara en Canva (es gratis y fácil de usar). Ahí puedes poner toda la info en un solo lugar: método de pago, contacto, entrega, etc.

7. Usa envases prácticos pero lindos

No necesitas cajas de lujo. Solo que se vea limpio, cuidado y tentador. Puedes imprimir etiquetas sencillas con tu nombre o red social. Es marketing casero pero efectivo.

8. Tus hijos no son el obstáculo (a veces son tus aliados)

Sí, tener niños en casa complica las cosas, pero también puede ser una oportunidad. Que te ayuden a poner etiquetas, a revolver la mezcla (si ya están grandes), o simplemente enséñales que estás trabajando y que eso también es importante. Ellos también aprenden viendo que tú haces que las cosas pasen.

9. Cuenta tu historia

Conecta desde lo real. Di por qué empezaste, qué sueñas, qué te inspira. La gente no solo compra postres, compra personas con las que conectan. No necesitas ser famosa, necesitas ser auténtica.

10. Empieza aunque no esté perfecto

¿Tu cocina no es Pinterest? ¿Tu receta aún la estás afinando? ¿No tienes logo? Hazlo igual. Mejora en el camino. La acción imperfecta vence a la planeación eterna. Hoy es mejor que “algún día”.

Y una extra, porque tú y yo sabemos que lo vas a hacer bien:

No te creas los cuentos trágicos de tu mente. Sí, puede dar miedo. Sí, hay esfuerzo. Pero si no lo haces tú, ¿quién? Y si no es hoy, ¿cuándo? Haz lo que puedas con lo que tienes… pero hazlo

Así que ya lo sabes: no se trata de tener todo resuelto, se trata de empezar. Porque vender desde casa no es fácil, pero tampoco imposible. Y si ya tienes las ganas, lo demás se aprende, se ajusta y se mejora sobre la marcha.

Hazlo con miedo, con calor, con hijos, con dudas… pero hazlo.

Porque sí se puede, y tú puedes.

Con cariño y muchas cucharadas de realidad,

Alejandra de Nava

Creadora de contenido, señora orgullosa y aliada del “cómo sí”

Blog · Sin categoría

¿Casa limpia o cordura? Trucos realistas para mantener el orden sin perder la cabeza

Sabemos que teóricamente la limpieza del hogar debería ser responsabilidad compartida. Pero si estás leyendo esto, es probable que tú seas la que carga con la mayor parte del asunto… y encima con cara de “yo feliz, gracias”. Por eso, aquí van algunos trucos realistas para que tu casa se mantenga limpia o al menos funcional, sin que termines odiando tu vida ni fregando como Cenicienta.

1. El truco de los 15 minutos

Ponte un temporizador y dedícale solo 15 minutos a recoger lo más urgente. Suena absurdo, pero da resultados. Si lo haces dos veces al día (mañana y tarde), es como hacerle microterapia al caos.

2. Organiza por zonas, no por perfección

En vez de querer dejar toda la casa impecable, enfócate en una sola zona al día: hoy la cocina, mañana la sala, pasado el baño. Un poco cada día suma más que una jornada de limpieza que te deja agotada y de malas.

3. Un trapito en cada baño

Deja un trapito (o toallita vieja) debajo del lavabo. Cada vez que entres y veas la mancha de pasta de dientes o el espejo salpicado, le das una pasadita exprés. Sin drama, sin cubeta, sin jornada de limpieza extrema.

4. Todo tiene su lugar (aunque sea feo)

Más que esconder, se trata de asignar un lugar para cada cosa. Aunque no sea el Pinterest de tus sueños, mientras sea práctico y accesible, sirve. No vivas recogiendo lo mismo veinte veces al día.

5. Delegar aunque sea a fuerzas

¿Tienes hijos? Que recojan su tiradero. ¿Pareja? Que se haga cargo de UNA cosa diaria. ¿No quieren? Pues que se aguanten si no hay calcetines limpios. Tú no eres el hada mágica del hogar.

6. Haz un “limpia esto o no hay cena”

Funciona con niños, adolescentes y hasta maridos. Si el comedor está lleno de cosas, no se sirve comida. Sencillo, claro y directo. ¿Quieren comer? Pues limpien.

7. Limpia lo necesario, no lo invisible

Si nadie va a abrir ese cajón lleno de papeles viejos esta semana, NO LO LIMPIES. Enfócate en lo que realmente impacta tu día a día. Guarda tu energía para lo importante.

8. Ten tu kit de “emergencia visitas”

Una escoba, un aromatizante, un trapo y una vela bonita. Pero ojo: no es para fingir, es para dar una buena primera impresión sin sacrificar tu salud mental. Tu casa no es un museo, y se vale que se note que ahí vive gente real.

9. Acepta que la perfección no existe

Hay temporadas (niños chiquitos, trabajo, enfermedad, estrés) donde el desorden no se va. Haz las paces con eso. Tu valor no se mide en pisos brillantes ni en camas bien tendidas.

¿Tú tienes algún truco para que no se te venga la casa encima? Cuéntamelo en los comentarios o en Instagram, me encanta saber que no estoy sola en esta batalla silenciosa contra el desorden.

Firmado:

Alejandra, la señora que prefiere una casa viva antes que una casa impecable (pero con gritos).

Sin categoría

¿Cuál harina uso? Guía realista para no perderse entre la harina fuerte, leudante, bizcochona y la que sí venden en el súper

Seguro te ha pasado: buscas una receta de pastel, galletas o pan en internet y de pronto aparece algo como “harina de fuerza”, “harina bizcochona”, “harina tres ceros”, “harina para repostería”…

Y tú ahí, parada en el pasillo del súper con tu carrito y cara de:

“¿Y eso con qué se come?”

La realidad es que en México la clasificación de harinas no es la misma que en España, Argentina o Estados Unidos. Aquí nuestras harinas no traen nombres tan bonitos ni etiquetas claras… pero eso no quiere decir que no podamos usarlas bien.

Así que aquí te va una guía práctica, sencilla (y sin necesidad de hacer un diplomado en panadería), para que sepas cuál harina usar según lo que vas a preparar, y cómo identificarla en el súper.

1. ¿Pan con levadura? Busca una harina “fuerte” (y sí la hay, solo hay que saber leer)

Si tu receta lleva levadura seca, instantánea o fresca —como en pan de caja, roles de canela, pizza, conchas, bolillos o pan dulce—, entonces necesitas una harina con alto contenido de proteína, porque eso te dará estructura y elasticidad.

¿Cómo saberlo en el súper?

Fácil: voltea el paquete y checa la tabla nutricional.

Busca el apartado de proteína por cada 100 g.

Si tiene 11 g o más, es una harina fuerte. Si tiene 13 g o más, ya estás en modo panadería profesional.

Ejemplos comunes de uso: pan de muerto, conchas, pizza casera, pan tipo brioche.

2. ¿Pasteles, bizcochos o panes esponjosos? Usa harina con menos proteína

Para hacer pasteles ligeros, pan de tres leches, pastel esponja, panqué suave, cupcakes o cualquier cosa que NO lleva levadura sino polvo para hornear o bicarbonato, lo ideal es una harina suave, con menos proteína.

¿Qué buscar?

Revisa que tenga menos de 11 g de proteína por cada 100 g. Idealmente, que tenga entre 8 y 9 g.

Esto ayuda a que tu pastel no quede duro ni chicloso, y tenga una miga suave y aireada.

Tip extra: Si solo tienes harina con más proteína, puedes “suavizarla” tamizándola varias veces y añadiendo un poco de fécula de maíz (tipo Maizena).

3. ¿Harina leudante? En México casi no se encuentra, pero la puedes hacer tú

En algunas recetas extranjeras (sobre todo de Reino Unido o EU) te van a pedir “self-raising flour” o harina leudante. Esta harina ya incluye polvo para hornear, así que no se usa con levadura.

¿Cómo la haces tú en casa?

Por cada taza (120 g aprox.) de harina:

Añade 1 ½ cucharadita de polvo para hornear Y ¼ de cucharadita de sal

Y listo, tienes tu versión casera.

4. ¿Harina tres ceros, cuatro ceros, bizcochona, etc.? No te compliques (estás en México)

Estos nombres son clasificaciones que se usan en otros países (especialmente en Europa y Sudamérica), pero en México casi no se manejan así.

¿Mi consejo?

No te estreses buscando una harina “0000” si estás en Tlajomulco o cualquier ciudad de este país. Mejor usa la tabla nutricional y el contexto de la receta para decidir qué harina te conviene.

5. ¿Y si solo tengo “harina de trigo de todo uso”?

No pasa nada. La mayoría de las recetas caseras mexicanas están pensadas para esa harina común.

Solo adapta según el tipo de preparación:

¿Es un pan con levadura? Úsala tal cual, y si puedes, añade una cucharadita de gluten si tienes. ¿Es un pastel esponjoso? Tamízala bien y considera sustituir parte con fécula de maíz.

En resumen rápido (y para llevar):

Pan con levadura = harina con +11g de proteína Pasteles y bizcochos = harina con -11g de proteína Harina leudante = se puede hacer en casa Ceritos y clasificaciones exóticas = no te estreses, mejor lee etiquetas Harina de todo uso = sí sirve, solo adáptala

¿Tú también te has hecho bolas con el tema de la harina?

Cuéntame en los comentarios o en redes, y si tienes tips extra, compártelos. Aquí todas estamos para aprender, no para pretender que lo sabemos todo.

Firmado:

Alejandra, la señora que aprendió a leer etiquetas porque el empaque no siempre dice la verdad

Sin categoría

Recetas copiadas: ¿inspiración, coincidencia o copy-paste con descaro?

En días recientes, la comunidad de cocina en redes estuvo en fuego alto por un chisme internacional que, más allá del morbo, nos deja mucho para reflexionar. Una repostera americana publicó un recetario digital que se volvió viral… y millonario. Tan millonario que se estima vendió cerca de 4 millones de dólares (sí, con seis ceros).

Hasta ahí todo bien. El problema fue cuando una creadora australiana levantó la mano y dijo: Oigan, esas recetas son mías. Literalmente mías. Copiadas palabra por palabra. No adaptadas, no inspiradas, no reinterpretadas. Tal cual. Copy, paste y a vender.

Ahora bien, técnicamente las recetas no se pueden registrar con derechos de autor (a menos que hablemos de la redacción o el formato del libro). Pero aquí el asunto no es legal. Es ético. Porque una cosa es que varias personas tengamos versiones parecidas de una receta de brownies —porque seamos realistas, los ingredientes no son secretos militares—, y otra muy distinta es que alguien tome tu receta, tu redacción, tus instrucciones paso a paso… y lo publique como si lo hubiera creado desde cero, con cara de chef iluminada por la inspiración divina.

Y aquí va mi postura (por si quedaba duda):

Sí, las recetas se pueden compartir. Si la receta está copiada íntegramente asegúrate de dar los créditos, pero si se trata de un recetario con el que generarás alguna ganancia, procura darle tu toque, adaptación y estilo, por ética, no por temas legales en los que te puedas meter, escudarse en eso es un argumento pobre.

Ahora bien, también quiero decir algo que para mí es importante, porque sería muy fácil subirme a este tren de indignación y hacer como que yo siempre lo he hecho perfecto. Y no.

Yo también cometí ese error.

Cuando empecé a crear contenido, muchas veces subía recetas que venían de libros, de otras creadoras, de blogs o de mi mamá… y no me tomaba el tiempo de dar crédito. No lo hacía con mala intención, pero tampoco con la conciencia que tengo ahora. En ese momento, no veía el trabajo detrás. No entendía el valor que tiene una explicación bien pensada, una foto paso a paso, un texto claro. Lo aprendí con los años, cuando vi el esfuerzo que implica crear contenido propio y original. Y cuando me di cuenta de lo feo que se siente que alguien lo copie sin mencionar ni una palabra.

Así que esta conversación también es una invitación a revisar nuestros propios hábitos como creadoras y como audiencia:

¿Hasta dónde es válido inspirarse en otras recetas?

¿Hay dueños de las recetas?

¿Deberíamos dar crédito cuando tomamos ideas de alguien más?

¿O vivimos en la era de “todo es de todos porque es internet”?

Yo, personalmente, creo en compartir, en inspirarnos unas a otras, en dar ideas, en mostrar nuestro sazón. Pero también creo en el respeto al trabajo ajeno. En el “oye, esta receta me inspiró fulanita”, o “vi algo parecido en tal blog y lo adapté a mi estilo”.

Y porque en esta era de cancelaciones, un copy-paste malintencionado puede costarte mucho más que una receta robada: puede costarte tu reputación.

¿Y tú qué opinas?

¿Te parece que las recetas deben compartirse libremente?

¿Crees que hay que dar créditos o eso es exagerar?

¿Tú qué harías si ves que alguien copió tu trabajo sin mencionarte?

Cuéntamelo aquí o en redes. Me interesa saber tu postura, y también saber que no soy la única que ha aprendido (a veces por las malas) el valor de hacer las cosas con ética.

Firmado:

Alejandra, la señora que alguna vez copió sin saber… pero que ahora cuida el crédito como si fuera manteca buena: con respeto y sin desperdiciar.